El triángulo del café

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Colombia | 19 octubre 2009 |

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Hay que reconocer que lo primero que notamos nada más descender de ese avión que nos llevó desde Bogotá hasta Pereira fue la humedad. Qué diferencia. No era comparable con la que más tarde viviríamos en Santa Marta, pero, oye, que atizaba bien. El descenso del avión era de película. Como si estuviéramos viviendo dentro de una película (sí, ya sabemos que estábamos dentro de un reality… es una metáfora). Tuvimos la sensación de despegar en Bogotá (a 2.500 metros), agarrar un pelín de altura y dejarnos caer… Y en ese trayecto, divisamos los nevados y nos vimos envueltos en una preciosa región verde y húmeda. Apabullante para aquellos que estamos acostumbrados a los paisajes áridos de la meseta.

Tras el aterrizaje, nos dirigimos hacia nuestro primer alojamiento. Estaba en medio de la vegetación. Llegamos de noche, pero todo hacía pensar que se trataba de un sitio de una belleza inigualable, algo que pudimos finalmente concretar a la mañana siguiente. Pero antes, vivimos una de las mejores noches de todo el viaje.El lugar era de ensueño: una cena basada en productos locales y aliñada con un trío de artistas que nos abrieron el apetito musical dio paso a uno de esos momentos que se quedan grabados en la memoria para siempre. Mientras degustábamos unas cervezas Poker (que eran las típicas de la zona), Andrés, el bloguero y amigo ecuatoriano, consiguió afinar una guitarra española. Y se puso a tocar. Y nos pusimos a cantar. Y si al principio éramos unos pocos, al rato estábamos casi todos. Y si al principio cantábamos unos pocos, al final cantaban casi todos. Y si al principio Andrés tocaba él solo la guitarra, al final resultó que la sabían tocar casi todos, hasta. Pasó a Rafa (Brasil), a nuestro compadre Diego (gran anfitrión) y alcanzó su cénit cuando “el gringo”, Ned, apareció de repente y nos dejó patidifusos con un inesperado: “I can play”. El espíritu de Radiohead empezó a poseerle hasta terminar metido de lleno en la piel de Johnny Cash. Pero el punto álgido fue esa versión coral del “Bohemian Rhapsody” de Queen que luego nos acompañó durante todo el viaje. Qué noche. Qué recuerdos.

Pocas horas después, tres o cuatro, andábamos en marcha camino del Parque Nacional del Café: un parque temático dedicado al fruto que tan popular ha hecho esta región en el mundo. Y el sitio merece la pena absolutamente, a pesar del intenso calor húmero que por allí suele acompañar. Nuestro objetivo era encontrar y fotografiar cada uno de los procesos que dan finalmente con el café en la taza. Personalmente, nos recordó un montón a la uva y al vino, que tenemos tan presente en España.
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Pero, antes, Luisa y Liliana se encargaron de dejarnos una de las fotografías del viaje.
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Y decimos una de ellas porque, instantes después, llegó otra. Y esta vez no la sacamos nosotros, sino que nos la hicieron. En medio de la nada, de repente, oímos gritar a Luisa: “chicoooooos, Españaaaaa, vamos a sacarnos una foto juntos vestidos de arrieros“. Y, claro, como para decirle que no a Luisa. Y, claro, como para no levantar una sonrisa en Aníbal, el director del reality, que se frotaba las manos con ese momento… Fue divertidísimo y quedó tal que así.

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En el camino, entre sendero y sendero, entre foto y foto, entre paseo y paseo, anduvimos un buen rato, como siempre, con el buen Omar. El cámara que nos aguantó durante los 10 días. Y cuando decimos que nos aguantó, lo decimos en serio: tener que escuchar a dos personajes como nosotros, cada uno en un auricular, con el micro siempre abierto y con la de tonterías que podemos decir por minuto, merece el cielo. Así que tuvimos que inmortalizarnos con él.

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Después, pasamos por la recogida, por el secado, por el tostado y por cada uno de los procesos individuales que convierten el café en un arte. Y aprendimos. Vaya que si aprendimos.
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Cuando salimos de allí, nos dirigimos a la puerta de entrada del Parque Nacional de los Nevados. No ascendimos mucho, pero llegamos a un sitio fantástico de esos en los que te podrías quedar varios días tirando fotos. El viaje fue fugaz, porque apenas llegamos, comimos, y nos marchamos. Pero la postal la tenemos guardada en la retina y, cómo no, en la tarjeta de memoria. Al igual que la Palma de cera, el árbol nacional colombiano, que viene a ser una auténtica maravilla para la vista: algo así como la jirafa de las palmeras. Un árbol enorme que se eleva una barbaridad en un terreno ya de por sí elevado.
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Pero aún nos quedaba una de las experiencias más divertidas que pasamos durante nuestro viaje en Colombia. Ya nos habían hablado de lo bonito que era el pueblo de Salento. Pero hasta que no llegas, lo pisas,y lo ves, no te lo terminas de creer. Era un lugar precioso y lleno de vida. Sobre todo, lleno de vida. Se notaba que era fin de semana y la gente estaba en la calle. Y ahí llegamos nosotros. Ciento y la madre. Y ataviados de todo tipo de cámaras de televisión, micrófonos, aparatos… Rápidamente centramos la atención del lugar. Atención que se multiplicó cuando nos subimos a los willys (qué gran momento) y nos dispusimos a recorrer las calles a toda velocidad en busca de “solteritas” (no, no estábamos de sábado por la noche… Era un dulce local). Algunos de los participantes iban colgados del Jeep (grandes Ned y Junior en su regreso triunfal cual cazador africano), en otros casos eran los cámaras los que lo hicieron… Era como estar viviendo de primera mano una carrera de “los autos locos”. Final feliz, como siempre.
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La última noche la pasamos en la Hacienda de San José. Otro sitio de película de época. De esas en las que uno se imagina al galán y a su esposa (o amante) descansando. De esas que te hacen volver en el tiempo.

Tradición, aroma y vida.

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